miércoles, 5 de marzo de 2014

Hoy te escribo, Amor

No es que anhele las mil y una formas
que cobraban tus manos cuando disfrutábamos
comunicándonos a caricias sin apenas descanso.
Pero sí esa sensación cercana 
de afecto y dulzura 
que me alimentaba el día, los meses, 
y las noches frías. 

En tu compañía he querido 
creer en los “para siempre”,
en las promesas vacías y
en los “hasta luego princesa”.
He llegado a pensar
que el mundo se acababa
cuando no me mirabas,
cuando no te sentía,
cuando ya no estabas. 

Soñaba cada noche
con volver a verte,
con que volvieses y
en un abrazo encontrara
un “lo siento mi niña,
ya estoy de vuelta”. 

He planeado nuestros 
veinticuatro posibles
tropiezos fortuitos,
he imaginado tu mirada
en los ojos de la gente,
he buscado tu calor
entre litros de cervezas,
hasta darme igual las palabras
y las mezclas.
He terminado en cuerpos anónimos
tras tu sabor,
y tu olor inventado
como motivo para poder
sonreír, al menos una vez al mes.

Siempre me engañe diciendo
que vivirte fue una fantasía,
que es bonito, pero que cuando 
no te pudiese seguir sintiendo
“a otra cosa mariposa”,
que mentirosa,
no hay persona que se crea
poder existir sin ti,
que sin ti, Amor,
merezca algo la pena.

No eres el de cuentos, 
el de grandes cosas 
o fantasías de princesas, 
eres más pureza y verdad,
simple y libre.
Fue darte de mí,
fue recibirte, 

fue conocerte.
Desde entonces,
no hay mentira romántica,
ni promesa infinita,
que pase por cierta.

¡Ay Amor! 
cuantas contiendas 
creen honrarte.

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