domingo, 15 de febrero de 2015

Nuestro caballo de Troya: Amor romántico y socialización

Dirán que es triste el silencio, que es amarga la vida si no se acompasa junto a otra persona, dirán que esperemos que llegará el momento perfecto, también que busquemos sin descanso hasta encontrar la nota perdida que nos hace. Dirán que es una delicia, una fortuna toparnos con ella, tener pareja, y te lo creerás, lo intentaras, pensaras tenerlo, lo aborrecerás, y hasta puedes encontrarte frente a frente con el temor a perderlo y el impulso de aferrarte a ello con todas las fuerzas de tu cuerpo. 
Llevas tanto tiempo preparándote para ello, sí, es mucho el tiempo, representándolo en aquellas películas, fantaseando junto a esas canciones que te pones, planeándolo de charla con las amigas, ensoñándolo en las noches. Tanto tiempo expuesta a todos esos mensajes que te llegan de infumables fuentes, tanto tiempo observando en tu entorno; los logros sociales que se alcanzan con aquella unión llena de clarividencia y ficción. Sí, lo entiendo, te entiendo, sé que oyes los hurras que la sociedad pronuncia cada vez que se emparejan aquellas personas que conoces, también ves los saltitos de alegría de algunas familias que encuentran en este hecho la solución, el frasco de inmortalidad, cuanto menos, la salvación para esa niña que por fin se hace mayor. 


Te sorprenderías si calculas el tiempo total que en la vida se dedica a prepararse para alcanzar este hecho. Lo interiorizamos de tal modo que parece que nos nace como algo natural, ¿y es verdad? Dirán que sí que la vida es esa búsqueda de nuestra media naranja, de esa persona que nos haga feliz, que nos salve de todos los males, solucione todos nuestros problemas, calme nuestras carencias, y lama nuestras heridas, esas, la mayoría que probablemente nos hicimos en la búsqueda de la mitad que nos completa y la que debe estar todavía por ahí buscando la suya, buscándonos. Dirán, dirán, dirán tantas cosas que ya oíste, tantas que soy incapaz de reproducir, tantas como yo oí, tantas como seguimos escuchando, y lo más peligroso; tantas como nos calaron sin apenas cuestionarlas. Adquieren un ideario tan idílico que agradecidas con nuestro caballo de Troya particular salimos al mundo sin conocer que lo que nos puede dañar lo hemos ido almacenando durante años. 
Y sí, te entiendo, entiendo si caes rendida al primer mesías que promete multiplicar los panes y los peces en tu vida. Créeme entiendo esas ganas, ese furor de demostrar aquello que llevas dentro, todos esos entrenamientos en silencio. 
Dios, que excitante el baile hormonal, la adrenalina, la dopamina, la serotonina… todas vestidas de gala no dudarán en acudir al instante, ninguna se perderá este baile. ¿Y quién no querría verlas bailar un rock and roll en sus días? Tampoco podemos negar su espacio a la ilusión, a la atracción, al cariño... No quisiese que esto parezca una carta de la desesperanza con destino al pesimismo, para nada, ojalá sepamos ser una misma bailando sola y en compañía sin dejar de ser una, y dejando ser a cada cual como es, pudiendo llevar nuestro ritmo o desequilibrio sin que intervenga otros intereses. Ojalá podamos rodearnos de personas con las que ser mejores bailarines de nuestra vida, con las que crear canciones, despedirlas, y crecer con las caídas, con los descubrimientos, en la singularidad de la vida partiendo desde la libertad y el respeto mutuo, propio, colectivo. Pero me temo que fuimos preparadas desde niñas para otros cuentos, los que nos cuentan, los que aprendimos inconscientemente para desenvolvernos y adaptarnos a este mundo. Los de los finales felices de Walt Disney, los “sea cual sea la dificultad o el sufrimiento a pasar; el amor es la solución, el camino directo a la felicidad”. 
Me temo que vivimos con todas estas influencias hasta sin saberlo, sin conocer qué de ellas llevamos, ni cómo nos condicionan para relacionarnos, pensar, sentir, etc. Y esto es lo que me inquieta. Me preocupa su carga, lo nocivo en la inconsciencia. Están tan integradas en una misma que lo vivimos como algo natural, estructural e inherente al ser humano, y también como algo propio en los momentos de gloria y en los momentos de miseria. 
Puede que te sientas o te reconozcas en ese sentimiento de parecer tocada como con la barita mágica, o esas flechas de Cupido y con el pecho abierto acudas al encuentro creyendo ser la elegida, maravillosa noticia, pero no te olvides al salir de coger tu vida y llevarla contigo, y recuerda que las canciones que compartes son parte de tu propio baile. Hoy esta carta te la dedico a ti, “elegida”, inocente maravilla de la vida.

En otras ocasiones, la ansia de aferrarnos a la relación que no se sostienen, la que no es correspondida, la que tras un cuento de hadas ahora nos daña, o con la que sentimos subir a la cumbre y al bajar permanecemos buscando en sus recuerdos la nube que nos devuelva esas sensaciones. Lo entiendo, no es fácil gestionar la frustración, ese sentimiento de soledad relativa, hay quien ni siquiera la gestiona y encadena relaciones como chutes. Ojalá estas líneas te ayuden a no sentirte sola, porque no, no eres tu sola la que pasa por todo esto, claro que como puede suceder no te quieres ver como aquellas “desgraciadas” también esto aprendimos; que quien no tiene a esa persona, quien ha sido dejada, quien camina sin esa compañía “romántica” es una desgraciada, una pobre mujer, “sola”, por favor no te compares con esa imagen prefabricada, como puedes comprobar no estás sola, pero porque esto va más allá de tu individualidad. Que el peso cultural no caiga únicamente en tus hombros repártelo, descarga la culpabilidad, el malestar, la frustración, la soledad, mira más allá; esto es algo social. Nuestra cultura alimenta una visión única de las relaciones de pareja, del amor secuestrado en el individualismo, en la monogamia, en la heterosexualidad. La vida se nos hace tan dura a veces que necesitamos salir, huir de la realidad, por diferentes vías, y es cierto que el amor romántico vende seguridad, amor incondicional, sensaciones, conexión directa a la vitalidad, el pulso con la eternidad, lo inmortal, que te voy a decir ¿verdad? A veces vivimos como la princesa deseada, pero también podemos ser la bruja martirizada, y no es justo que te sientas una, otra o cualquier variedad derivada sin saber que son roles que no te pertenecen, que no representan quien en verdad eres. No permitamos protagonizar una telenovela cuando no nos compensa, cuando nos daña y ni siquiera sabemos cómo acabamos en ella. 

“No nos enseñan a construir nuestras propias herramientas para manejar emociones desbordantes, para comunicarnos asertivamente, para resolver conflictos sin violencia o llantos, o para separarnos con la misma generosidad y cariño con el que nos unimos.” Coral Herrera Gómez 

Ojalá en nuestro bailes el ritmo incorpore pausas, estribillos intensos, momentos de calma y también silencios, no triste como dicen, sino de encuentro. Solo propongo que nos miremos un poquito, que nos dediquemos tiempo a vernos tal y como somos, a desmontarnos y construirnos con cariño, con respeto. Solo a partir de este camino de encuentro, desde la propia libertad, tengamos la capacidad de amar la vida, las personas que nos rodean, y construir vínculos y relaciones sanas con las que crecer.

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